Sobre la conciencia social de los españoles

Sobre la conciencia social de los españoles

Notapor Juan Carlos » Dom, 13 Mar 2016, 15:53

LA CONCIENCIA SOCIAL DE LOS ESPAÑOLES
ETOPEYA DEL HOMBRE ESPAÑOL

Una deficiencia básica del carácter social español, que atrae sobre sí la execración cuasi unánime de nuestros pensadores, es el exceso de individualismo y la consiguiente insolidaridad social. El amor desmedido a la libertad, la tendencia a la anarquía, el amago constante de escisiones, le debilidad ingénita del patriotismo que se satisface con el deber cumplido, el particularismo y su secuela la acción directa, pueden ser considerados, también, como consecuencia de ese acentuado individualismo ibérico.

Son también grave tara de nuestra sociedad, para algunos: la ausencia de ideales colectivos (Maeztu, Ortega), la falta de unidad (Balmes, Menéndez Pidal), la carencia de civismo (Madariaga, Laín) y la falta de espíritu constructivo (Ganivet, Maeztu).

Clara unanimidad se advierte también, salvado algún silencio, en considerar la religiosidad como nota distintiva de los españoles y en apreciar el factor religioso como elemento de fuerte cohesión social en España, o al menos como antídoto contra el individualismo disolvente. En esta línea se mueven al unísono Balmes, Menéndez Pelayo, Ganivet, Madariaga, Menéndez Pidal, Herrera Oria, Laín y hasta el mismo Castro.

Otra cualidad española, también positiva, se haya reconocida generalmente: la fuerte convicción de la igualdad social sustantiva (Balmes, Menéndez Pelayo, Maeztu, Madariaga, Menéndez Pidal). Pero de tal convicción, puramente ideológica, no se derivan las consecuencias debidas en orden a la aproximación económica de las clases o a la ascensión del nivel de vida de las clases populares.

En la lista de los vicios o defectos figuran, con su respaldo respectivo de autores, los siguientes: la exageración en todo (Donoso), la pereza y la abulia colectiva (Donoso, Ganivet), la superficialidad general de la vida (Balmes, Menéndez Pelayo, Ganivet, Menéndez Pidal), la envidia (Menéndez Pidal, Ortega, Primo de Rivera), la inhibición del pueblo en la vida pública (Balmes, Menéndez Pelayo), el exceso en la acción estimulado frecuentemente por el ímpetu pasional que funda obras y no las consolida (Balmes, Menéndez Pelayo, Ganivet, Madariaga, Menéndez Pidal). Y, finalmente, la tendencia a la arbitrariedad y el desprecio general por la ley (Menéndez Pelayo, Ganivet, Menéndez Pidal).

De estos juicios de autoridad resulta que el balance de vicios y virtudes de nuestro pueblo, por lo que a la vida en común se refiere, aunque parece acusar un saldo negativo, muestra, si es bien estudiado, valores morales de importancia para fundar sobre ellos una esperanzadora reforma de la vida social del porvenir.

Insistiré, por cuenta propia, en algo de lo recogido de otros, echando mano de mi experiencia personal.
Los españoles, por lo común, son pobres en aquel tipo de virtudes que forman la base de la convivencia social. Empieza por faltarles espíritu de convivencia.
Son demasiado intransigentes en juicios y opiniones, y toman a debilidad, si es que no a deshonra, la retractación del propio error o el reconocimiento de la razón que puedan tener sus contrincantes. Todavía hoy se defiende por algunos, para estos casos, el viejo lema de “sostenella y no enmendalla”, que es la más incivil de todas las consignas. Hay que reconocer, sin embargo, que en nuestro pueblo se conjugan una serie de cualidades que pueden favorables o contrarias a la convivencia, según sea el empleo y la orientación que se les dé. Por ejemplo, el sentido profundo de la propia dignidad, el amor propio y el afán de emulación, el respeto humano y el horror al ridículo, que se detecta a simple vista.

El español es también apodíctico, rotundo, contundente y, por lo mismo, cerrado al coloquio y a la polémica. Es porfiado, tenaz y violento en defender sus pareceres. No discute, disputa y trata casi siempre de imponer su criterio a los demás. No tiene, en fin, interés en concordar sus pareceres con los de otros o en armonizar sus intereses con los ajenos; no conoce el respeto a las discrepancias legítimas, dentro de la unidad de lo esencial. En razón de ello, no se afana por organizar la convivencia nacional, y prefiere la segregación o el exterminio, social o político, de los sectores discrepantes.

Los españoles son, además, indóciles, indisciplinados y, de ordinario, rebeldes a la autoridad y reacios a la obediencia, defectos estos igualmente opuestos a la vida ciudadana. El español, cuando obedece, lo hace no tanto por amor y respeto a la ley como por temor al castigo. Por eso es tan dado a la trampa de la ley y al fraude del Erario público cuando cree que puede eludir la sanción. Se insubordina ante la autoridad, pensando que no ha nacido hombre que pueda mandarle, sin reparar en que se le manda en nombre de Dios y que se obedece en servicio del bien común. Desconfía de la justicia, por lo cual a los cauces legales prefiere los de favor, la recomendación, la influencia y la amistad. En este punto se llegó en la sociedad española a un alto grado de deseducación ciudadana. Prefiere al derecho común el privilegio, y trata de sustraerse al régimen normal y ordinario, escuchándose en diferencias de apellido, de clase, de condición o de fortuna.

Los españoles, por último, no sientes como propios los asuntos comunes; rehúyen participar en el gobierno de las cosas de todos, de la res publica, visto que de ello no se les sigue provecho personal. Por esto, aquellos que quedan fuera de los cargos públicos juzgan maliciosamente de quienes los ocupan, pensando que con ellos se enriquecen. La envidia es el gran vicio nacional, y a quienes prosperan, sea en riqueza o en mando, en lugar de admirárseles y prestarles apoyo, se les censura y trata de derribárseles.

Como pueblo pobre, el nuestro sobrestima la propiedad y tiene de ella un concepto abusivo y quiritario. Y esto tanto los ricos codiciosos como los medianos mezquinos y aun los pobres menesterosos. La vida ajena, y a veces aun la propia, para estos tales no vale tanto como el patrimonio, y se arrebata o se pierde por defender unos bienes a veces despreciables. En cuanto a los bienes del común, pocos se sienten interesados en su conservación y aumento. Y otro tanto se diga de los servicios públicos, de los que se abusa o contra los que se atenta de continuo como cosa sin importancia. De aquí que nuestras leyes sean tan rigurosas como pocas lo son, acaso sólo las inglesas, en castigar los atentados a la propiedad individual, por minúsculos que sean. Y, también como pocas, inanes e inoperantes para defender la propiedad colectiva.
Toda una serie de proverbios apoya con ramplona filosofía estos defectos nacionales. Sirvan de espécimen losa siguientes refranes que el vulgo emplea a diario: “Ande yo caliente y ríase la gente” y “A quien Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga”, que exaltan el individualismo. “Trabajar por el común es trabajar por dengún”, en menosprecio del servicio público.

Siendo pobres los españoles en aquellas virtudes que son el fundamento de la vida pública, y singularmente la justicia, se hace difícil la convivencia nacional, y ello explica en gran parte la inconsistencia, la inestabilidad y el desequilibrio de que ha adolecido nuestra vida pública. Como explica también, y esto es más grave, la falta de una conciencia social bien formada en la mayor parte de nuestros compatriotas, lo cual es causa de que perviva entre nosotros un orden social en gran parte anacrónico si es que no injusto.

Texto extraído de:
La conciencia social de los españoles. Discurso leído en el acto de su recepción como académico de número por el Excmo. Sr. D. ALBERTO MARTÍN-ARTAJO el día 31 de octubre de 1961 y contestación del Exco. Sr. D. JOSÉ GASCÓN Y MARÍN.
REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICA. Madrid 1961. 150 pp.
Juan Carlos
 
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